Revoluciones culturales del siglo pasado en la introducción al libro del colombiano.
Por: CARLOS GRANÉS
El 7 de junio de 1917, el dadaísta Hugo Ball anotó en su diario: Y mientras inaugurábamos la galería de Bahnhofstrasse, los rusos viajaron a Petersburgo para poner en pie la revolución.
¿No será el dadaísmo, como símbolo y como gesto, la contra del bolchevismo? ¿No opone la cara quijotesca, inoportuna, inaprensible del mundo a la destrucción y al cálculo total?
Será interesante observar lo que ocurre allí y aquí. Ball quería saber qué ocurriría con aquellos rusos que emprendían el largo camino hasta la Estación de Finlandia, en San Petersburgo, porque los conocía. Eran sus vecinos.
Lenin planeó los últimos detalles de la revolución bolchevique desde su residencia en Zúrich, en el número 14 de la Spiegelgasse, un callejón en el que también se encontraba el Cabaret Voltaire, la guarida de artistas iconoclastas regentada por Ball.
Allí también se planeaba una revolución, la revolución dadaísta. Por un azar de la historia, en una misma manzana de una ciudad sosegada, en medio de un país neutral y tranquilo, se urdieron las conspiraciones más turbulentas y exaltadas del siglo XX. Artistas y políticos revolucionarios compartieron calzada e, incluso, según algunos testimonios, mesa en el Cabaret Voltaire, donde Lenin habría ido a ver los espectáculos provocadores de Tristan Tzara y los demás dadaístas.
Dos revoluciones estaban en marcha, una política, la otra cultural; una dispuesta a desmantelar las estructuras de los Estados y alterar el funcionamiento de la economía y la administración de la propiedad y el poder; la otra dispuesta a transformar las mentes, las costumbres, los valores y la forma de vivir de las personas. Suele decirse que la revolución bolchevique triunfó y que las vanguardias perdieron.
Lenin transformó Rusia y sus ideas se extendieron con el tiempo a Europa del Este, África, Asia y Latinoamérica.
En cambio, ¿qué pasó con el dadaísmo?, ¿qué ocurrió con las vanguardias que vinieron después? ¿Perdieron la batalla? ¿Se evaporaron dejando solo anécdotas curiosas y alguna que otra obra de arte memorable? Individualmente, no hay duda al respecto: cada una de las batallas utópicas que emprendieron las distintas vanguardias condujo a la derrota.
Pero en conjunto, sumando los esfuerzos de futuristas, dadaístas, surrealistas, letristas, músicos experimentales, poetas beat, situacionistas, yippies y demás revolucionarios culturales, sus batallas por transformar la vida resultaron fructíferas.
El comunismo, que hasta los años ochenta del siglo XX parecía indestructible, se desmoronó sin previo aviso despertando a buena parte de la humanidad de una pesadilla disfrazada de utopía. Con la revolución emprendida por los artistas de vanguardia pareció haber ocurrido lo contrario.
Después de la Segunda Guerra Mundial, nadie daba un centavo por ella. Sin embargo, el germen vanguardista sobrevivió al horror del nazismo y siguió transmitiéndose de generación en generación, hasta lograr -de forma silenciosa, invisible- esa transmutación de los valores con la que soñaba Nietzsche.
Cuando los padres de los sesenta se levantaron un día y vieron a sus hijos convertidos en seres extraños, con los que de pronto parecían no tener nada en común, se hizo evidente que un puño invisible había echado por tierra ciertos valores y determinados marcos que antes encuadraban y regulaban las vidas de los individuos.
Pareció ser tan solo un bache generacional, la distancia lógica que se abría entre una generación que había vivido dos guerras mundiales y otra que nació en épocas de prosperidad y paz. Pero ¿era solo eso? No.
Las ideas vanguardistas se habían ido imponiendo, ganando adeptos, transformando escalas de valores e influyendo en las elecciones vitales.
Los dadaístas habían identificado el blanco acertado. La cuestión no era transformar las estructuras del Estado; la cuestión era transformar la vida.
Si hoy sorprende que buena parte de la población occidental, independientemente de que sea rica o pobre, culta o ignorante, profesional o trabajadora, oriente su vida hacia el hedonismo, la búsqueda de experiencias fuertes, espectáculos excitantes, aventuras transgresoras y actitudes rebeldes, es porque se ha olvidado el legado vanguardista.
El ideal de vivir la vida como si fuera una eterna fiesta, una soirée turbulenta y excitante, se gestó a pocos pasos del apartamento donde se ultimaba la seria y rectilínea revolución comunista. Ball se preguntaba qué ocurriría allí y aquí; cuál sería el futuro de las distintas revoluciones emprendidas en Rusia y en Occidente.
Ya sabemos qué ocurrió en Rusia. ¿Y en Occidente? ¿Cómo se gestó la revolución cultural que ha moldeado las sociedades contemporáneas? ¿Cómo se transmitió de generación en generación? ¿Cuáles han sido las consecuencias de su triunfo?
Fuente:
http://www.eltiempo.com/lecturas-dominicales/ensayos-colombianos_11062661-4
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