Crítica
El progresismo hace autocrítica: un riguroso libro, Rebelarse vende, concluye que la contracultura es un negocio cuya acción ha erosionado a la izquierda. Ferrán Sáez Mateu / La Vanguardia
El libro que hizo mundialmente famosa (y rica) a la escritora canadiense Naomi Klein poseía una de las portadas más elegantemente sobrias, contundentes y, por supuesto, comerciales, de los últimos años. El título estaba dotado de ese laconismo preñado de expresividad y de significados poliédricos que distingue a las grandes campañas publicitarias de alcance global. Hasta aquí, todo parece normal. Pero resulta que ese título era precisamente No Logo, y su línea argumental constituía una crítica radical a la sociedad de consumo. Ya ven, pues, que rebelarse vende. En estos tiempos que nos ha tocado vivir la contracultura es, esencialmente, un negocio. Naomi Klein se convirtió en pocos meses en una heroína de los alternativos, mientras que Heath& Potter podrían llegar a ser conceptuados como dos ideólogos del capitalismo consumista más salvaje. ¿Es así? Frío, frío... Joseph Heath y Andrew Potter critican la contracultura desde planteamientos inequívoca y abiertamente izquierdistas. De hecho, denuncian que los ideales del socialismo clásico no decayeron por culpa de ningún contubernio capitalista, sino por la acción erosionadora y estéril de la contracultura.
En los años 60, la izquierda cree percibir en los incipientes movimientos contraculturales un aliado problemático pero sin duda eficaz. Los nuevos compañeros de viaje -intelectuales, artistas, etcétera- tienen poco o nada que ver con los intereses de la clase trabajadora, aunque su capacidad de influencia no es nada desdeñable. El nuevo sujeto histórico de la izquierda acaba asumiendo un programa político que, como era previsible, sólo responde a las inquietudes y expectativas de una burguesía incómoda con ese apelativo estigmatizador. Simultáneamente, la cultura pop empieza a basar su identidad en la transgresión de las normas establecidas, y propone como alternativa una imposible y alucinada mescolanza de orientalismo, radicalismo político, psicodelia y liberación sexual. En Europa, los efectos del despropósito no se manifestarán hasta mediados de los 70. En Estados Unidos el escarmiento es un poco anterior. En 1968, los militantes del Partido Internacional de la Juventud (YIP, en sus siglas inglesas), fundado por el inefable Abbie Hoffman, irrumpieron en la convención del Partido Demócrata que se celebraba en Chicago y, entre otras ideas genialoides, propusieron presentar un cerdo como candidato a la presidencia del gobierno de Estados Unidos, así como echar LSD al suministro de agua corriente con la intención que los ciudadanos liberaran sus mentes de la podrida opresión del sistema. La contracultura pasaba a formar parte de la revolución. Era incómoda pero -conviene repetirlo- extremadamente eficaz desde una perspectiva mediática. Ésa es, quizás, la principal razón para entender la sorprendente duración de aquel coyuntural matrimonio de conveniencia -hoy ya estable, consolidado- entre la izquierda más o menos radical y la contracultura pop. Además, rebelarse vende. He aquí la segunda clave. En el mundo hay millones de objetos comerciales basados en la efigie del Che Guevara, y ninguno -que yo sepa- en la de Hayek u otro gran teórico del liberalismo del siglo XX. ¿El mundo al revés? En absoluto: la contracultura nació y se desarrolló al amparo del más estricto mercantilismo. Los Sex Pistols -pongamos por caso- asumieron su papel en una cadena de montaje que desembocaba en la venta masiva de discos a adolescentes ávidos de sensaciones fuertes.
"Es profundamente entristecedor descubrir que un desafortunado compromiso con los ideales de la contracultura ha llevado a la izquierda a abandonar su filosofía política justo en el momento de la historia que tiene más importancia." Con esta significativa frase termina el ensayo de Joseph Heath y Andrew Potter. No es una nueva vuelta de tuerca del pensamiento neocon ni una mera apología de las leyes del mercado, sino todo lo contrario: constituye la autocrítica más rigurosa y honesta del pensamiento progresista que se haya publicado en los últimos años.
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