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02/03/2007

Rochus Misch, el último hombre que vio con vida al Führer

Cuenta la caída del nazismo en Yo fui guardaespaldas de Hiltler. J. Ors / La Razón.

París- Rochus Misch es el último hombre que abandonó el bunker de Hitler aquel 2 de mayo de 1945, cuando las tropas soviéticas ya se repartían las calles de Berlín, la capital del Tercer Reich. El autor de este libro lo encontró en su casa: «El televisor estaba apagado. El cabello blanco y el chaleco de lana medio abotonado le daban a aquel antiguo guardaespaldas un aire de jubilado anodino», escribe Nicolas Bourcier, periodista del diario francés «Le Monde». Sin embargo, frente a él se encontraba el único testigo superviviente que había visto los cuerpos sin vida del Führer y su pareja, Eva Braun, después de haberse suicidado; la persona que habló con Joseph Goebbels antes de que el ministro nazi se quitara la vida. El encuentro de aquel día se prolongó durante varias horas. El fruto de las conversaciones quedaron reflejadas en Yo fui guardaespaldas de Hiltler, (Taurus).

Búnker macabro

Misch recuerda su experiencia, su vida, los últimos y trágicos instantes que pasó encerrado en el último refugio del nazismo, las postreras esperanzas del líder de Alemania: «El Führer, muy anglófilo, creyó durante mucho tiempo que los británicos iban a cambiar de estrategia respecto a Alemania para impedir la bolchevización de Europa. No entendía que un pueblo tan comerciante y "dotado del sentido de los negocios" pudiera aliarse con los comunistas para destruir el país». Su memoria refleja en su diálogo el ambiente opresivo que rodeaba aquellas horas, las contradicciones fantasmagóricas: «Y en medio de aquel búnker tan macabro de repente se oía a los seis hijos de Goebbels jugando por los pasillos».

Reconoce el agotamiento de unas jornadas en que los bombardeos se intensificaron, se hicieron constantes, martilleando sin compasión los nervios: «Estaba agotado, completamente desquiciado. Trabajaba noche y día, como un autómata. Durante aquellas últimas horas no pensaba absolutamente en nada». Revive el instante fatídico en que comienzan a repartirse las ampollas de cianuro o de ácido prúsico, aunque afirma que «a mí no me dieron ninguna cápsula. Yo no formaba parte del círculo de los allegados. Pero llevaba siempre enima mi pistola Walther PP». Por si acaso hacía falta.

La tensión llena el relato de su historia cuando narra la muerte de Hitler, el almuerzo previo a los disparos, la emotiva despedida de sus colaboradores, cuando llegó a su altura y se lo cruzó sin decirle nada. El silencio absoluto. La brevedad que prosiguió: «¡Linge! ¡Linge! ¡Creo que ya está! Yo no había oído los disparos». Y la descripción de los que encontró después: «Al fondo, en aquella celda que llamábamos el salón, vi el cuerpo inerte de Hitler. No entré. Estaba a seis metros, quizá a ocho. Hitler estaba sentado en el pequeño sofá, doblado sobre sí mismo, cerca de la mesa. Eva estaba a su lado, acurrucada en el sofá, con el pecho tocando casi las rodillas.

Llevada un vestido azul marino con apliques blancos en forma de pequeñas flores». Y rememorar la escena de un traslado siniestro: «Los cuatro hombres transportaron al Führer por la salida de emergencia. Todavía veo sus zapatos sobresaliendo de la manta». De la incineración se enteró con una frase sobria: «El jefe está ardiendo. ¡Ve, sube a verlo!». La atmósfera claustrofóbica se apoderó poco a poco de él. Quería marcharse, pero Goebbels le recordaba que aún no podía. Hasta que le dijo: «Hemos aprendido a vivir y a luchar, por lo tanto también sabremos morir. Ahora ya puedes disponer. Todo ha terminado». E hizo lo que nunca antes había hecho: estrechar la mano de aquel soldado. «Sentí una alegría inmensa», reconoce Misch. En esos momentos la presencia de las tropas rusas ya se podía sentir. Pero, antes de marcharse, «apagué la centralita y desenchufé los cables». Fue el último en dejar el refugio. «Goebbels y su mujer pusieron fin a sus días apenas cinco minutos después de que yo abandonara el búnker. No lo supe hasta mucho más tarde». Misch fue capturado por los rusos, estuvo en Núremberg, durante los juicios que se celebraron, y, después se le trasladó a Moscú. Fue condenado a muerte y conmutada su pena por trabajos forzosos y trasladado a un campo de concentración en los Urales. Su camino terminó en el año 1953, cuando fue liberado y regresó a su país.

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